Cobarde en las sombras

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  • Pasado: ecos de un plan

    Hoy toca volver a hablar del pasado. Esto ocurrió mucho después, cuando los colores de mi piel ya nada tenían que ver con lo que pasaba en casa.

    Había una vez un niño que todos veían como feliz. Pero había un pensamiento que no lo dejaba en paz, un problema que, en su inocencia, parecía imposible de resolver. Le daba vueltas y más vueltas. Al final, creyó haber encontrado la solución, una solución perfecta. Sin embargo, debía esperar. No podía hacerlo antes de que terminaran las clases, y definitivamente debía ser antes de las vacaciones, porque su madre siempre los llevaba lejos, demasiado lejos.

    Los días pasaron lentos, como si el tiempo se arrastrara, hasta que llegó el gran día. Recibió sus notas y las comparó con las de sus compañeros, como siempre hacía. Era el más listo de la clase, siempre lo había sido. Todos se lo decían. Llegó a casa de la mano de su madre, una mano cálida y curtida por años de trabajo. Le encantaba su contacto, su sonrisa, sus abrazos. Aunque ya era mayor y no podía dormir en su cama, nunca se había sentido tan protegido como cuando dormía a su lado las noches en las que su padre no volvía a casa. Ojalá pudiera volver a dormir con ella. Esa noche, mientras celebraban sus buenas notas, él sabía que pronto llevaría a cabo su plan.

    Cuando llegó el momento, el niño se puso su camiseta favorita y los pantalones que había comprado con su madre. Bajó las escaleras en silencio, maldiciendo el crujido del suelo de madera bajo sus pies. ¿Por qué siempre hacían tanto ruido? Y luego estaba la puerta, pesada y rechinante, como si se empeñara en delatarlo. Pero él no se detuvo; se sentía como un espía en plena misión, esforzándose por ser lo más sigiloso posible.

    Caminó solo en la quietud de la noche, acompañado por el eco de sus pasos. Aunque era verano, el aire era frío, y sintió un escalofrío recorrer su espalda. Quizás debería haberse puesto algo más, pensó. Quizás no era tan listo como todos decían. Finalmente, llegó a su destino. La vista era hermosa, uno de los pocos lugares en el pueblo que lo hacían sentir en paz. La iglesia al fondo, los árboles de un verde imposible a ambos lados del río, el viejo puente con sus cruces que guiaban hacia la iglesia. Sabía que era el lugar perfecto.

    Subió a la barandilla de piedra del puente y dejó que el viento le despeinara el cabello. Imaginó que podía controlarlo, moverlo a su antojo, como en los cuentos que le gustaban. Miró hacia abajo y vio las piedras enormes en el lecho del río, expuestas porque no había llovido en tiempo. Sabía que el agua no estaba lo suficientemente alta como para amortiguar su caída, pero no importaba. No importaba nada más.

    Con un último suspiro, se asomó de nuevo. Sentía miedo, un miedo frío que lo invadía por completo. Pero sabía que pronto terminaría. Cerró los ojos e intentó imaginar que volaba, que el viento lo sostenía. Nunca se había sentido tan valiente y tan cobarde, y en ese instante, mientras caía, supo que ya no había vuelta atrás. Por un segundo, quiso detenerse, quiso volver a los brazos de su madre, quiso sentirse seguro otra vez. Pero era demasiado tarde.

    El niño nunca dijo nada. No se despidió de nadie, porque temía que lo detuvieran, que le impidieran llevar a cabo su plan. Tenía miedo de que descubrieran el secreto que guardaba. Pero nunca contó su secreto, nunca explicó por qué lo hizo.

    Y así, en el silencio de la noche, el niño desapareció, dejando tras de sí solo el eco de una risa que una vez fue, y el vacío de un corazón que nunca supo cómo sanar.

    Y todavía nadie sabe por qué lo hizo.

    13 años.

    27 de agosto de 2024
    Escribir, Escritura, Infancia, Relato, Soledad

  • Pasado: colores

    Esta es mi historia, la historia de un niño que vivía en un mundo bañado en colores.

    Mis primeros recuerdos, aquellos que suelen desvanecerse con el tiempo para la mayoría, siguen vivos en mi memoria. Recuerdo decorar una de esas viejas televisiones con pegatinas de colores. Había una en particular, una rosa con un delfín azul brillante. Cuando cambiamos la televisión, sin decirle a nadie lo importante que era para mí, la quité en secreto una noche y la guardé como un tesoro. Recuerdo las mañanas en la cama con mi madre, riendo hasta que no podíamos más. Una vez, me hizo tantas cosquillas que terminé vomitando. A veces, me escondía bajo la cama para asustarla, y la emoción que sentía cuando lo conseguía era indescriptible. Recuerdo todas y cada una de las películas que veíamos juntos, cada fin de semana elegíamos tres, y las disfrutábamos en la salita del pequeño piso donde vivíamos. Y aún puedo saborear los bocadillos de chocolate, los sándwiches de nocilla de tres pisos, las feas baldosas de la cocina que me fascinaban, y el tiempo que pasaba con ella, mi refugio.

    A mi padre, en cambio, lo veía poco, y cuando lo hacía, era en las sombras. Era alto, corpulento y fuerte, mientras que yo apenas era hueso. Su voz era profunda y resonante, la mía, apenas un susurro. Recuerdo el olor penetrante que lo envolvía, un olor que ahora reconozco como alcohol. Recuerdo su mirada, esos ojos verdes y fríos, y el gesto de disgusto en su rostro. Yo no era lo que él quería que fuera, no era el hijo que deseaba tener. Yo era solo yo, con mis sentimientos, mis descubrimientos, mis sueños. Recuerdo más gritos que noches en silencio, y recuerdo los golpes en la habitación donde una vez me sentí tan seguro, cuando dormía junto a mi madre. Pensé que nunca tendría el valor para enfrentarme a él, porque estaba aterrorizado. No era más que hueso y carne, frágil, tembloroso.

    La primera vez que intercedí, que reuní el coraje para ir en busca de mi madre, las cosas parecieron mejorar. “Delante del niño, no”. Esa noche, la casa volvió a estar en silencio. Pero luego me despertaron en la oscuridad. Me tapó la boca con tanta fuerza contra la cama que apenas podía respirar. Me golpeó con tanta brutalidad que pensé que no me levantaría jamás. Lloré en silencio, intentando recordar sus palabras. ¿Qué fue lo que me dijo? Ya no lo recuerdo.

    Algunos días, despertaba con el peso del miedo sobre mí, sabiendo que volvería a pasar, que él se aseguraría de que no dijera nada. Recuerdo mover los muebles de la salita donde dormía cada noche, porque ya no tenía mi propio cuarto. Ahora era hermano mayor y me habían destinado a este intento de habitación. Los movía para que le fuera más difícil entrar, para que no pudiera encontrarme. Recuerdo dormir en el suelo, a veces bajo una mesa, otras veces bajo la cama. Recuerdo esa habitación con una precisión dolorosa. Recuerdo que por mucho que me escondiera, siempre lograba dar conmigo.

    Iba al colegio con mi uniforme, una camisa blanca y unos pantalones grises que cubrían cada centímetro de mi piel. Llevaba calcetines verdes hasta las rodillas y zapatos negros que brillaban con cada paso. Incluso el chándal del colegio tenía mangas largas. Recuerdo cambiarme y ducharme solo durante las clases de educación física, siempre esperando a que todos los demás se hubieran ido. Se burlaban de mí por eso, y yo les decía que era por vergüenza. En parte, era cierto, pero la verdadera razón era que no podía dejar que vieran los colores en mi piel. Los verdes, los morados, los rojos, los colores que me provocaba ese monstruo de mirada verde.

    Nadie nunca hizo nada por mí, y aunque tengo buena memoria, no logro recordar cuándo cesó el dolor. Solo sé que un día dejó de doler, pero aún hoy, mientras escribo esto, siento cómo las cicatrices permanecen.

    26 de agosto de 2024
    Escribir, Escritura, Infancia, Sentimientos

  • Presente: ardo

    Tengo algo que arde en mí, un fuego interior, llamaradas en un desierto de arena infinita. Arde, quema, asfixia. Es un calor tan feroz que no deja espacio para respirar, un fuego que devora todo lo que soy, sin tregua ni piedad.

    A veces, este fuego se desborda y arrasa todo a su paso, quemándome desde dentro, dejando un sendero de cenizas y escombros donde antes había vida. Es un fuego tan abrasador, tan cegador, que obliga a los demás a apartar la vista. Si os atrevierais a mirar de cerca, podríais sentir cómo su fulgor se clava en la piel, cómo las cicatrices invisibles de su destrucción impregnan cada rincón de mi ser.

    He intentado sofocarlo con las lágrimas que derramaba, un mar de dolor que a duras penas lograba apagar las llamas, restaurando un poco de lo que el fuego había devorado. Pero ese alivio era pasajero, insuficiente para borrar el rastro de destrucción, para sanar las heridas que se abrían una y otra vez, siempre más profundas, siempre más ardientes.

    Ahora, el fuego arde con tal intensidad que convierte los granos de arena de mi ser en cristal. Un cristal bello pero imperfecto, tan frágil como el primer roce del amanecer. Esos granos de arena, que alguna vez fueron parte de lo que soy, han sido transformados para siempre. No hay vuelta atrás. Son fragmentos de mi alma que se han destruido, que han cambiado irreversiblemente. Y con cada trozo de ese desierto convertido en cristal, hay menos de mí, menos de la persona que fui, y más de un monstruo que se asoma en mi reflejo. Ardo, corto, me quiebro.

    He intentado contener este fuego, enterrarlo cada vez más profundamente dentro de mí, pero el calor no cede. Quema, duele, y el dolor, lejos de fortalecerme, me consume. Ya no tengo fuerzas para resistir. Creía que con el tiempo me acostumbraría a este ardor, que el fuego se apagaría poco a poco, pero siempre encuentra nuevas grietas en las que infiltrarse, nuevas maneras de abrasarme.

    He intentado guardarlo más adentro, enterrarlo hasta que solo me queme a mí, hasta que este desierto vacío se convierta en un mar de cristal frío y frágil, un océano de vidrio que oculte el ardor a los ojos de los demás. Hasta que desde fuera no podáis ver nada, hasta que no quede nada de lo que fui, hasta que mi esencia se disuelva en ese vidrio quebradizo que alguna vez fue arena viva. Hasta que no quede nada más que una cáscara hueca, sostenida por un océano frágil de lo que alguna vez fui.

    Quema, duele, me asfixia. No puedo respirar, no puedo dejar de sentir.

    Ardo, y en ese fuego, me pierdo.

    Hay una lucha, una sensación y una pérdida dentro de mí. Una lucha interna que se libra en las profundidades de mi ser, la sensación desgarradora de ver cómo el fuego me consume y la pérdida de mi ser.

    La lucha sigue, la sensación persiste, y la pérdida continúa. Ardo, me consumo, y en ese proceso, me pierdo.

    25 de agosto de 2024
    Escribir, Escritura, Fuego, Sentimiento, Sentimientos

  • Presente: soledad

    Han pasado demasiados años y el tiempo se ha convertido en una sombra larga y pesada que se arrastra detrás de mí. He dejado de escribir, de reflexionar, de enfrentarme a la cruda realidad de mi existencia. Me he aferrado a las responsabilidades como a un salvavidas, llenando mi vida de compromisos, obligaciones y rutinas que me anestesian. Si estoy agotado, no pienso, y si no pienso, no tengo que enfrentarme al abismo que existe dentro de mí.

    El tiempo ha pasado, y mi cuerpo lo siente en cada dolor, en cada arruga, en cada mañana que parece más pesada que la anterior. Pero dentro de mí, me siento estancado, como si el alma no hubiera envejecido, atrapada en un estado perpetuo de incompletitud. ¿Acaso es esto lo que significa madurar? ¿Es posible que algún día mi mente se alinee con este cuerpo desgastado, o es una búsqueda vana, un espejismo que me sigue dejando sediento?

    He vuelto a escribir porque el silencio se ha vuelto insoportable, un grito mudo que resuena en cada rincón de mi ser. Necesito desahogarme, necesito ser comprendido, aunque solo sea por palabras vacías en una pantalla. Vivimos en un mundo que avanza sin piedad, un mundo en el que cada vez me cuesta más encontrar mi lugar. Ya no puedo esconderme detrás de personajes ficticios, de historias ajenas que me protegían de mi propia verdad.

    Schopenhauer decía que la vida oscila, como un péndulo, entre el dolor y el hastío. Y en medio de ese vaivén, aquí estoy yo, atrapado entre la desesperación de un presente que no llena y un futuro que se antoja incierto. Carl Jung hablaba de la sombra, esa parte oscura de nosotros que negamos, que reprimimos, que tememos. Tal vez este sea mi intento de enfrentarme a mi sombra, de desnudarme ante mí mismo y dejar que el dolor sea, por fin, tangible.

    Porque al final, todo se reduce a esto: quién soy yo por dentro, más allá de las máscaras, de las obligaciones y de los silencios. Y lo que encuentro es un vacío, una herida abierta que no ha dejado de sangrar. ¿Es posible que en este acto de sinceridad, de exposición, pueda hallar algo de consuelo?  No lo sé. Pero en este momento, escribir estas palabras es lo único que me queda.

    24 de agosto de 2024
    Abismo, Soledad

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